Educamos a los niños guiándolos hacia metas falsas, les enseñamos a reprimir su vocación, a poner el objetivo de sus vidas en metas exteriores, a enterrar su natural capacidad de vibrar con el aprender, o hacer. Las universidades suelen ser lugares donde los egos competitivos se exacerban, donde los jóvenes agobiados por aprobar y no ser expulsados pierden el entusiasmo inicial en su área de estudio. El campo laboral se transforma en una feroz batalla por competir, aplastar, sobresalir, ganar.
La felicidad brota como un estado natural cuando nos encontramos con nuestra íntima verdad, donde la bondad, el amor, la creatividad surgen de un espacio interior de paz.
Solemos pensar que las personas en situación de pobreza son quienes carecen de bienes, pero hay una miseria mucho peor, aquella de quienes viven presionados, enmascarados, recubiertos, ansiosos y agotados, tanto que perdieron el contacto con la capacidad de amar, de vibrar con la vida, de aceptar y agradecer cada momento, allí está la verdadera miseria de nuestros tiempos.